Publié le 25 noviembre 2020

Fallecimiento de Diego Maradona.

La mano de Dios había depositado a un genio del fútbol en la tierra. Nos lo acaba de quitar, con una gambeta imprevista que engañó a todas nuestras defensas. ¿Acaso quería, con ese gesto, zanjar el debate del siglo: si Diego Maradona es el mayor jugador de fútbol de todos los tiempos? Las lágrimas de millones de huérfanos le responden hoy con una evidencia dolorosa.

Nacido en un barrio carenciado de Buenos Aires, Diego Armando Maradona hizo soñar a su familia y a sus vecinos con sus “bicicletas”, que han dejado crucificados a los mejores defensores europeos. Boca Juniors y su mística hinchada lo hicieron conocido en el mundo. Barcelona consiguió una joya, creyendo que por fin había encontrado al sucesor de Johan Cruyff para dominar nuevamente el fútbol europeo.

Pero fue en Nápoles cuando Diego se convirtió en Maradona. En el sur italiano, el pibe de oro reencontró la pasión de los estadios sudamericanos, el fervor irracional de los fanáticos, y llevó al Nápoles al camino del Scudetto, a las cumbres de Europa.

Un jugador suntuoso e impredecible, el fútbol de Maradona no se había visto antes. Con una inspiración siempre renovada, constantemente inventaba gestos y golpes nuevos. Un bailarín en botines, no era un atleta sino un artista, encarnaba la magia del juego.

Pero aún le faltaba escribir la historia de un país marcado por la dictadura y la derrota militar. Esta resurrección sucedió en 1986, en el partido más geopolítico de la historia del fútbol, los cuartos de final de la Copa del Mundo contra la Inglaterra de Margaret Thatcher. El 22 de junio de 1986, en la Ciudad de México, marcó su primer gol con Dios como compañero. Quisieron impugnar el milagro, pero el árbitro no había visto nada: la actitud agrandada de Maradona le hizo ganar ese punto. Luego sigue “el gol del siglo”, que reunió a los más grandes gambeteadores del fútbol: Garrincha, Kopa y Pelé, reunidos en una sola acción. En solo 50 metros, con una carrera alucinante, pasó a la mitad de la selección de Inglaterra y gambeteó al portero Shilton antes de enviar el balón a la red y a la albiceleste a los cuartos de final del Mundial. En el mismo partido, dios y diablo, marcó los dos goles más famosos de la historia del fútbol. Había un rey Pelé, ahora hay un Dios Diego.

Con esa misma gracia, la misma insolencia hermosa, se acerca sigilosamente a la final que dejó marcada con el gesto más bonito del fútbol: el pase decisivo, el gol del número 10. Cuando levanta el trofeo, nace una leyenda: el niño prodigio se convirtió en el mejor jugador del mundo. Y la copa del mundo vuelve a Argentina: esta vez es la del pueblo, no la de los militares.

Diego Maradona también vivirá esta alegría popular en otros terrenos. Pero sus visitas a Fidel Castro y Hugo Chávez tendrán el sabor amargo de la derrota; es en la cancha donde Maradona hizo la revolución.

El Presidente de la República saluda al dueño indiscutido de la pelota, tan amado por los franceses. A todos los que ahorraron su mesada para completar el álbum Panini de México 86 con su figurita, a todos los que tuvieron que negociar con su mujer para bautizar Diego a sus hijos, a sus compatriotas argentinos, a los napolitanos que dibujaron frescos dignos de Diego Rivera en su honor, a todos los amantes del fútbol, el Presidente de la República envía su más sentido pésame. Diego se queda.

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